Enero en la sierra

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Estoy triste,
como dijerá Neruda.


Estoy muerto,
soy vino oscuro,
soy sangre seca.

Estatua arena.

Las guitarras callan.
Hay lobos en el asfalto.
Ríos peñascos aguzados
que cortan mis manos.

No me encuentro, con tanta noche.

Minutos negros.

Horas sin sonidos.




Y entonces tú.
En las fuentes del mundo.
En las calles de lluvia.
En los bosques de agua.

Tú.

Que eres Dios tras la tormenta.
Que alumbras los abismos.
Que me llenas de poesía,
como la luna llena de luz al cielo.


Me transformas con tu risa.
Y sólo soy entonces vida,
vida que te debo,
vida que te obsequio.

¡Como te deseo, cuando te envuelves de misterio!
Le tengo miedo a la ciencia de tus ojos.
A perder la gloria que me enseña.
Soy nubes en el cielo.
Me deslizo como se desliza el viento,
a través de piedras y milenios.

A través de tu silencio.
Tus enojos.
Horas negras, metal furia,
lanzas que me clavas.
Te quiero como se quiere a las espadas,
las dagas, los colmillos,
las rosas, los sollozos.

Te quiero como se quiere a la muerte.
Tras la noche, niebla roja.
Tú en las estrellas toda.
Tú en en el agua entera.

Le temo a los olores de tu ausencia.
No tenerte, no saberte.
Soy cristal empañado.
Tu nombre sobre mí se queda.

Sostén mi corazón entre las espinas de tu manos.
Las estrellas derribadas.
Los cielos marcados.
La piel rota.

Desde el fondo de mis noches,
un silencio me detiene,
huesos y ramas,
ángeles ebrios en las nubes de tu pelo.
De tu pelo, sólo tuyo,
como tuyo soy,
como tuyo seré,
aún después de haberme ido.

Me visto en penumbra.
Soy oraciones sin sentido.
Soy conjuros sin efecto.
¿Qué me une a ti, sino es la lluvia?

Podría tejer océanos
con estos dedos que hoy te encuentran,
podría romper el mundo
con estos dedos que hoy te pierden,
podría inventarte,
narrarte,
soñarte,
con estos dedos que hoy te escriben.

Entre muertos,
los dragones me han devorado.

Wash your hands

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Me intrigan las muertes que no llegan.
Las circunstancias e infiernos
que traen por mareas
las olas y los tiempos.

Quizá la razón del mundo esté en la forma de tus uñas.

Sangres, sendas rotas,
sueños, canciones,
inventarios largos,
enumeraciones infinitas.

Quizá la esencia de la poesía esté en el agua de tu mirada.

Hoy tengo nostalgia,
de la dulce, la que no mata.
Hoy tengo música lenta,
ganas de escucharte.

Quizá la alegría de la vida esté en el cristal de tus palabras.



El primer día

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Durango no se funda solamente en el instante en que Francisco de Ibarra rompe la tierra, ni en las noches que Gines Vázquez del Mercado pasa vaciando sangre. Se construye sobre la carne. Sobre los huesos, los órganos chorreantes, las entrañas desparramadas, podridas, de cada uno de los cadáveres que penetran el suelo, que apestan el aire, que enturbian el agua y amargan los fuegos.  Durango se funda de nuevo en cada muerto. Echa raíces rojas en retroceso por el tiempo, desde el último cuerpo hasta el primero, amarrando vidas con una cadena de ánimas, de difuntos hinchándose en jacales, en zanjas, en fosas, en casas que se derrumban para repetirse por las letras de historias violentas.
Durango está naciendo ahora mismo. Construido, exudado por la piel del reo; la piel desnuda, flagelada, la piel sobre la que se condensa la noche celestial, la noche divina de las ejecuciones federales.
Creció en una hacienda zacatecana, ahí aprendió a sembrar, a medir con las estrellas distancias de tiempos y espacios, aprendió a cazar venados en los cerros y a recorrer el llano con los pies descalzos.
Luego la Revolución se lo llevó para enseñarlo a matar hombres. Le mostró la fragilidad del cuerpo, sus cualidades casi cristalinas y los patrones crípticos que dibuja con su sangre un herido de bala. Tomó Durango, bajó las órdenes de Domingo Arrieta. Ahí se concedió  el nombre de Jesús Linares y se robó a una muchacha para hacer familia.
Jesús tuvo hijos y dispuso que ellos aprendieran otras cosas. Fundó, junto con doce campesinos, un pueblo al sur de la ciudad que se habían ganado. José María Pino Suárez, llamaron al pueblo, en honor al mártir asesinado a traición durante la Decena Trágica. Jesús se hizo herrero y vivió en paz hasta que los hacendados, de quienes había tomado la tierra de Pino Suárez, lo denunciaron como cristero. Aprehendido por los federales, así había llegado a esta noche.
Los otros presos, ellos sí son cristeros de verdad. Jesús los escucha rezar entre lo oscuro y lo helado del campo. Él no cree en Dios, pero sí cree en la muerte. Sabe que la suya no tarda. Una descarga retumba, acaban de fusilar a otro. Jesús los va contando por sus gritos de viva Cristo Rey, por sus plegarias casi aulladas y los quejidos de los que no se mueren con los balazos. Los que van descubriendo, conforme agonizan, aquello que Jesús sabe desde siempre. Que Dios no existe y, si existiera, estaría del lado de los asesinos, no de las víctimas.
Los soldados llegan por él. Sus uniformes enlodados, sus caras de niños temerosos, todo lo hace recordar a los federales que degolló cuando sitió Durango. El tiempo se le descompone. Recuerda el día que conoció al presidente Carranza, su barba blanca, sus ojos tristes. Revive una cabalgata emprendida con los jinetes de Pancho Villa, el orgullo de ese momento que le llena la vida entera
Piensa en su prieta, en las otras noches entre sus piernas, en las carabinas treinta treinta y los machetes y las carnes que trozó con ellos, en su madre santa, en la Revolución y en Carranza muerto y en Villa traicionado y en Durango hermoso, su Durango de piedra sangre, que se lo come por los canales que le abrirán en segundos las balas. Hace una cruz abriendo los brazos, es Jesús en su calvario, es Caín en el exilio, es la calaca tilica y flaca, gritando ante trece soldados que le disparan:

¡Viva México, cabrones!

Demiurgo

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Odio la enfermedad, extrañar y los días de solsticio.
Odio la pésima literatura, a los escritores y a los artistas de este México mío,  una obra de arte tan magnífica que resulta incomprensible para ellos.
Odio las mentiras, los hipócritas, los débiles, los temerosos, los que se ocultan tras las mil caras del Teotl y los que son aun peores y se ocultan tras políticos corruptos y votos en blanco.
Odio setecientos siete kilómetros de sierra desierto, odio meses vueltos año, las serpientes, las tormentas secas y los fantasmas de tantos días, de tantas cosas que debí haber destruido, al menos para poderme sentir culpable por ello.
Odio que no puedo odiarlos de verdad y que soy un ateo escribiendo a Dios, como me dijera una diosa. Odio estas letras, estas palabras, estas cosas que soy yo porque en ellas se me va la vida y nada queda para los que algo esperan de mí, algo que no sea la creación.
Odio no existir y tener que inventar los universos de la nada que soy, descubrir que el odio es sólo amor que no se encuentra y amo que haya quien, con una sola oración, a través de distancias étereas, me encuentre y me quite el odio.

Nosotros

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Lento, nos disolvemos. En tormentas, cuchillos hambrientos comiendo ángeles, matando demonios. Somos prisioneros de ciudades negras, ruidos e historias dónde el tiempo la muerte nos colocan. Porque morir es dejar de creer y todos lo hacemos. Algunos sacrifican el espíritu para sobrevivir, jamás regresar, no despertar en la locura de una vida pasada, un siglo que no es el suyo, mujer y cama. Otros se retiran temprano, bienaventurados los suicidas, sólo para ellos Dios tiene sentido. Unos más nos hundimos en memorias, soledad, nostalgia, horas, noches, combate circular con el peso de las cosas siempre repetidas, niña que tocas mi rostro, tus dedos, tus palabras, voces imprecisas, mentiras, cuentos, canciones, poemas como éste, escrito por nosotros, no es cierto, escrito por momentos a los que anhelamos volver. Huérfanos hablando contra la esperanza, contra el dolor, contra la alegría; llenos de cariño, de hermanos, amores amalgamados en instantes imposibles, irrepetibles, instantes para gritar y romper y pelear y perder y caer y morir y nacer y ser ellos, serlo todo, hacerlo todo, sentirlo todo, como la primera, como la última vez. Como lo sentiremos cuando seamos viejos. Cuando aullemos desnudos. Cuando vomitemos recuerdos. Cuando vaguemos enfurecidos, enfermos, difusos, por las calles donde perdimos la virginidad, dónde la lluvia nos besó, nosotros la besamos y, felices, amanecimos cubiertos por casas ancladas a corazones temblorosos. Lugar bendito para decir te quiero. Después olvidar después evocar. Aniversario secreto, entierro de hijos nonatos, entierro de padres anónimos. Lugar, momento, silencio para llorar. Porque no cambiamos nada. Porque no somos nada, nunca existimos. Porque nadie amó como nosotros, nadie odió como nosotros y nadie enloqueció ni murió ni fue tan solitario como lo fuimos nosotros, el día nublado en que, ocultos de Dios, inventamos el mundo y tú estás en él porque aún no despertamos.


Flow

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Soy la sombra de la mañana, entrando a mi novia, soy la marea, el océano contra sus piernas, la tormenta en su sexo, somos un huracán que nos devora, un animal que nos rompe.
Caemos
desde
la cama,
envueltos
 en las
sabanas.
Nos
arrastramos
por el piso,                 
mordiéndonos,
hasta
arrancarnos
la piel.
    
Luego bebemos vodka.

Después de darle el trago, volteo la botella sobre su espalda. Ella ríe. El alcohol le corre, tras él va mi lengua, soy Dios en su carne, soy la cosa más poderosa del mundo, entre sus brazos. Me hundo hacia la locura, hacia sus uñas que revientan mi pecho, sus dientes que atrapan mi fuerza.

Contemplo las líneas.
   
Blancas, sobre la mesa.

Enrollo el billete, lento.

Las aspiro tan rápido que los ojos me lloran y el cerebro se me enciende con las luces multicolores de toda la droga que me pude retacar por la nariz. Salgo del cuarto mientras ella duerme, nunca he podido resistir que me mire con ojos somnolientos cuando voy a trabajar, porque siempre acabo volviendo a la cama. Salgo del edificio, mientras la gente del centro apenas echa el agua para barrer los frentes de sus tiendas. La ciudad se siente floja hoy, como si nada hubiera pasado anoche, como si los demonios no hubieran descendido para robarse a los niños, como si no hubieran asesinado a nadie, en una apocalíptica matanza, de la cual yo sólo soy el tiro final.
Dos cuadras, doblo a la izquierda, tres cuadras, aprieto el paso, rodeo el parque donde corren gente y perros, al lado está la funeraria, con una patrulla enfrente. Diviso a Marcial cruzar desde la otra esquina, su camisa negra, sus tenis blancos, es un pendejo para las combinaciones. Me recargo contra la pared, el corazón me estremece entero, como si quisiera avanzar solo, ahora que ya no me muevo. Volteo, el Kilo viene desde los árboles, usando esos pantalones se confunde perfecto con los que están haciendo ejercicio, esa es nuestra arma, más que la pistola, más que cualquier cantidad de balas, somos invisibles, somos rápidos, somos la muerte en un segundo.
Marcial pasa frente al local, sigue hacia mí, va abriendo la zancada en cada paso, llega a donde estoy, empieza a trotar, en quince palabras me dice todo lo que necesito, parto, él gira, le hace una seña al Kilo, éste sale de los árboles. Yo empiezo a contar.
Uno.
Soy sangre. El Kilo está junto a la patrulla.
Dos.
Soy acero. El Kilo saca la pistola.
Tres.
Soy viento. El Kilo le dispara al policía.

Doy vuelta para entrar, la multitud de dolientes se queda pasmada en el instante congelado del disparo, me abro camino porque sólo yo sé que está pasando, por un singular y preciso momento, sólo yo puedo moverme.  Empujo a una anciana, apoyo la mano derecha en la cabeza de un niño, con la izquierda levanto el arma, miro al hombre, sentado junto al cadáver de su hermano, soy el futuro llegando, el hombre me ve a mí, intenta huir, soy el sol subiendo al cielo, cae al piso, le disparo, la bala deshace su nuca, soy Jehová el primer día del universo.
Marcial está ya en la reja, a través de ella le da a un guardaespaldas.
Corro.
Intentan detenerme, todas las manos se quedan cortas, soy un fantasma, subo por la esquina entre la pared y la reja, salto, soy un misil en descenso. Ruedo sobre la banqueta.
Soy libre.
Marcial me pone en pie con la fuerza de un jalón, corremos, el Kilo se lanza en dirección contraria, vamos hacia esquinas opuestas para perdernos en las entrañas de una ciudad que sólo nos pertenece a nosotros.
Escucho disparos atrás.

Volteo.

Primero veo la patrulla, después a los policías que salen Dios sabe de dónde, por último al Kilo, el arma desenfundada, las piernas tensas, como si fuera a brincarles encima, un tiro, supongo de escopeta, retumba y casi lo parte a la mitad.
Cae, envuelto por el rojo de sus propias entrañas.
    
Atravesamos el parque, somos antílopes huyendo, emboscados, intentamos hallar la ruta donde no estén los cazadores. Salimos a la calle, pasamos sobre el cofre de los autos que frenan de súbito, somos una estampida. 
Las patrullas vienen cerrándonos la ventaja, debemos alcanzar una azotea. Doblamos rumbo a la casa que sabemos está derruida, una patrulla finalmente nos cierra el paso, Marcial les vacía el cargador a los dos policías que intentan bajarse, me sorprende la manera en que sus cuerpos se desploman. Marcial se frena un momento. Toma un rifle, me lanza otro, ya no es momento de pistolas. La casa, la escalera a nuestro escape, está enfrente, retomo la carrera, escucho más tiros, soy invulnerable, corriendo nada me puede herir. Un golpe, algo pesado impactando el suelo, brinco por la ventana sin vidrio, giro para quedar arrodillado, Marcial no viene conmigo, gateo, las balas zumban, atravesando el muro de adobe. Me asomo.
Marcial está tirado, a metros de mí. Su pierna izquierda, con el hueso asomando, yace en un ángulo equivocado. Marcial me mira, sé lo que piensa, contempla la posibilidad de arrastrarse hasta la casa, las patrullas y los policías avanzan sobre la calle, sus tiros se van cerrando, cada vez más certeros.
Nosotros nunca nos arrastramos.
Marcial voltea para encararlos, abre fuego, grita, yo no puedo seguir viendo, me recargo contra la pared, mientras lo escucho morir. No sé cuantos policías hay, no sé cuales son mis posibilidades y cuales mis alternativas. No sé hacer más que correr y matar.
Le quito el automático al rifle.

Respiro.

No me esperan.
Me lanzo con un giro afuera.
No los cuento, sólo calculo posiciones.
Disparo.
Cada tiro mío es preciso.
Me muevo hacia todos los sentidos
No me pueden apuntar.
No me pueden ver.
No me pueden evadir.
No pueden ganar.
Las balas son lentas.
Los policías son lentos.
Soy rápido.
Soy rápido.

Soy la velocidad y ellos están muertos.

El gatillo suena sin disparar, el cargador está vacío. Ya no hay nadie más en la calle. Arrojo el rifle. Veo muchos cuerpos, más de los que jamás he contemplado juntos. Marcial me observa, desde la lejanía de su cadáver. Saco mi pistola. Quiero estar seguro.
La pistola
cae
al suelo.

Mis manos están pálidas. Miro mi camisa. Hay manchas rojas, van creciendo demasiado rápido, el aire se termina, mis piernas fallan, caigo. Voy perdiendo las sensaciones, no pienso mucho, sólo miro, a lo lejos más patrullas llegan.
No podía terminar de otra manera.

Jorge Nájera
Las distancias no existen, los días y los pueblos están sobrepuestos, forman una sola cosa, fundidos en la llanura. El hombre los cruza. Las sendas no existen, los caminos se perdieron, sólo hay aire y suelo. Sólo hay galope, sudor, sed.
El hombre es el caballo, el caballo es la tierra, la tierra es la muerte y con ella avanza el ejército de los mongoles, coronando un rastro de cenizas y cadáveres. Una maquinaria de hierro y hueso, de guerra y asedio. Cien espadas, mil, un millón, todos los ejércitos del tiempo, todos los imperios humanos, todas las naciones bajo Dios; todo lo son los mongoles. El hombre sigue avanzando, va sobre sus huellas, a través de horas rojas, de hierba seca, de manchones de nieve sucia que cubren la estepa, entre soñada y violada.

La noche que tomó a su mujer, hubo una lluvia de estrellas y le pareció entonces que  nunca vería una cosa más hermosa, el firmamento derramando joyas, gotas de sí, lágrimas que cubrían con sus caudas el país de Rus. Se sintió bendecido por la gracia de estar vivo, en la era de los príncipes nórdicos, que habían venido desde allende la mar.  Les obsequió a sus señores tres hijos sanos y seis años como herrero. Luego comenzó la invasión y el hombre se convirtió en soldado.

El humo asciende, algunas casas todavía arden. La desolación ensambla la iconografía del lenguaje invencible, el lenguaje de saetas y acero que hablan los invasores. Los cascos del caballo levantan nubes de ceniza, cada que caen desatan vibraciones que deshilan el viaje del hombre, para convertirlo en un fractal de memorias. Contempla su vida entera, vista como un vitral de momentos simultáneos, mientras va dejando atrás el pueblo que fuera suyo, antes de pertenecer al fuego.

Destruyeron el ejército oriental durante el verano, animales entregados a la cacería, hiedras creciendo para oprimir el corazón de Rus. El batallón del hombre estaba levantando un muro defensivo alrededor del pueblo, cuando llegó la noticia. Las lluvias aún no aparecían para calmar los calores estivales, el príncipe convocó su asamblea entre la sequedad y el polvo . Decidieron salir, encontrar en el campo a los mongoles, que ya eran marea de metal madera, huracán, tormenta, pared de espinas ardientes estrechando el reino.

Las sombras se detienen, clavadas al paisaje con los rayos de un sol que todo lo mata, que todo lo envuelve y lo hace infinitamente doloroso, inextricablemente vulnerable. Lágrimas resbalan por sus mejillas, nunca imaginó que pudiera perder tantas cosas, que pudiera dejar de ser tanto, condensado hacia la noche que lo aguarda, evaporado hacia un futuro que ya no lo espera.

Todos los hombres son niños en dos lugares:  entre las piernas de las mujeres y sobre el suelo de las batallas. El ejército del príncipe se plantó ante los mongoles y el hombre pudo contemplarlos al fin: un trigal divino e interminable, un viento amarillo y multicorpóreo,  una voluntad sobrenatural e inflexible. Los soldados de Rus conocieron entonces un miedo inigualable: el temor, profundo como las noches, que sólo se siente ante los rostros de todos los dioses, ante la furia de todos los demonios.

El ocaso se derrumba en arterías y venas que tiñen el llano de anaranjado.
   

Primero mandaron sus flechas, voces volando a través de los aires para desgarrar gargantas. Luego, hablaron las catapultas, la planicie entera volteada hacia las alturas y cayendo entre los soldados, entre los músculos, entre los órganos, entre las simultáneas palpitaciones de la presa herida que fueran los defensores. Finalmente, los embistieron con lanzas, dedos de una teología aplastante, pilares del último dogma sobre la faz de la Tierra.
Ahí, en medio de un ejército que se desmoronaba, entre la locura de una acometida que cimbraba la historia, bajo la potencia de una carga  cuya magnitud ya no concebía, el hombre se quebró.
Arrojó su espada, arrojó su escudo, arrojó el casco que él mismo se había forjado.
Y escapó.
Las siguientes horas días lo llevaron como un ensueño, por regiones de Rus que nadie volvería a pisar, o al menos, así se lo parecieron. No podía precisar como, dónde o en qué momento había tomado el caballo. Regresó a sus sentidos, las fauces del pavor  ya apartadas, la tarde en que se dio cuenta que huía hacía su aldea.
Las distancias no existieron entonces, la totalidad de momentos y lugares que habían pasado por el hombre se conjuntaron en una sola cosa, una sola jornada que lo separaba de casa.

El caballo revienta con la caída del sol, espuma escarlata le chorrea por la boca mientras agita las patas a la noche. El hombre lo escucha jadear durante instantes que son vidas, vidas que son nada con la luna, con la absoluta indiferencia de la estepa. Se da cuenta  de lo vano que fue pensar que algo de ellos podía pertenecer a principes, a pueblos o a naciones. Los mongoles lo han sacado de su error. Los mongoles le han demostrado la fragilidad de su persona, la constitución etérea de su existencia. Los mongoles lo han liberado de cualquier sufrimiento.

Rompieron a sus hijos, no sabe cómo ni le interesa. Encontró solo pedazos, entrañas, huesos astillados. Trató de no imaginar la historia sugerida por las manchas en las paredes. Tomaron a su mujer, no encontró miembros suyos entre la pila de restos que dejaron. Partió tras ellos, no ha pensado que hará cuando los encuentre.
   
Ahora que su montura está muerta, echa a correr, sus piernas concentran algo que ya no es miedo ni furia, algo que ya no es él ni es Rus, algo que sólo avanza, que está en movimiento continuo, en camino a ninguna parte.

El alba lo despierta. Yace sobre el suelo, entre hierbas secas, la hora roja viene por él con un toque de trompetas que reconocería aunque retumbaran todos los relámpagos que escuchó en su infancia. Se incorpora, lento. Frente a él, conforme gana altura, se va descubriendo el campamento de los mongoles. Los humos de sus fogatas se alzan junto a las  carpas doradas de sus tiendas. Algunos se lavan, otros ordeñan a las yeguas, otros más limpian las banderas con las que hacen señales en combate. Los contempla durante eones que parecieran segundos.

Uno toma un cuenco, lo sumerge en la cubeta de la leche y se lo lleva a los labios, inclinándolo con suavidad, intentando no derramar líquido. Son hombres, como él. Son soldados y padres y herreros y principes y le temen a la muerte y extrañan a otros y le hacen el amor a mujeres en tiendas de cuero.
   

Los guardias lo ven. No lo nota hasta que los caballos trotan en su dirección. Algo gritan, no importa, su lengua le es extraña y su destino indiferente. Marchan hacia los países occidentales, se pregunta si llegarán al océano y qué pensarán estos hombres del desierto ante una extensión infinita de agua.

Uno de los jinetes se adelanta, carga, el hombre permanece de pie, no sabe si lo  cruza una flecha, si lo atraviesa una lanza o lo corta una espada. No sabe el nombre de quien lo mata, que será de su esposa o qué significó él para los guardias, esa mañana.

Sólo sabe que la estepa es hermosa y que el cielo y la sangre son la misma sustancia.

La jungla

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Para Paola, porque cualquier cosa es poca

El sol revienta las copas de los árboles con una detonación verde, con el calor horrible, con la sangre luz que vierte a todos los rincones de un mundo que parece haberse convertido entero en selva.
El hombre se incorpora, es carne y sudor, confundido, inexplicado. A su alrededor la madera y la humedad se crecen para atraparlo, encerrarlo, olvidarlo, perderlo; dentro de su espantosa complejidad. Todo late, todo vive, todo se entrelaza sobre el suelo, por las ramas, entre las hojas. Él siente su potencia con sólo mirar la anchura de los troncos, con sólo escuchar la respiración unísona de un billón de insectos, que se arrastran por piedras invisibles, bajo tanta planta.
El hombre echa a andar. Cuando era pequeño, allá en Siberia, oír de la selva lo llenaba de terror irracional, aquella como oscuridad vegetal donde se podían ocultar todas las cosas, aunque el sol resplandeciera como no lo hubiera hecho jamás.
No escucha y no ve animales. La soledad el abandono lo vacía. No hay nadie más. No hay nada más. Es un desierto verde, es una tundra arbórea,  él es la única criatura que lo recorre. Los únicos ojos que contemplan, los únicos oídos que perciben, son los suyos.
Entonces algo se mueve, imposiblemente cerca. El hombre sólo siente el cambio súbito en la disposición de las lianas, en la geometría de las hojas. La pesadilla miedo lo llena. Se queda quieto. Intenta ver hacia todas direcciones, sin mover la cabeza. Los músculos le duelen. El sudor le cuaja sobre la piel. Luego le llega el olor. Acre.  Pelambre, orines, dientes, muerte.
Sus piernas no son suyas, son de la tierra, son del viento y del agua, no corren, brotan por los troncos, por las superficies ásperas de la madera, de las rocas, lo transportan en la duración de un latido, a través de las pulsaciones de la selva, hasta que llega a un árbol, hasta que trepa por él y se sumerge en su copa, el corazón a punto de reventarle, las venas a punto de asfixiarlo.
La bestia se mueve, abajo. El hombre sólo atisba manchones de pelo, negro, café, escucha gruñidos, aferra la rama con todo su pavor. Astillas se encajan en sus dedos, al apartar las hojas para ver mejor, las deja enrojecidas. Mira con todas sus fuerzas.
Ya
no
hay
nada
abajo.

Sólo la selva. Sólo la integración de partes enloquecedoras, de fragmentos vivos y muertos que se aparean para construir una totalidad hambrienta, imperceptible a pesar de estar ante su vista.
El hombre grita.
Esparce el sonido asqueroso que resulta de mezclar voz masculina con terror infantil. Lo expulsa de su ser, como una cascada, como un caudal que bajara del árbol, hasta sembrarse en los poros del suelo, en el calor de la hierba.
La selva escucha.
Pero no contesta.

El hombre es pequeño. Es, de nuevo, un niño, encogido ante la oscuridad, ante todo lo que no le es permitido saber. Prisionero por un muro fibroso, por una pared de aire y pájaros y serpientes y bestias que lo acechan, que lo huelen desde la infinidad, donde lo han esperado eternamente.
Busca algo que hundirle al muro, algo con que infligirle dolor a la carne, a toda esa inmensa masa tibia, trémula sobre la que yace. Una rama próxima, larga, delgada, sirve. Estira el brazo hacia ella, la sujeta, su otra mano cede.
Cae.




Despierta. Arriba el sol parece hundirse en las profundidades del cielo y entre más se aleja, más potente es su brillo, más desoladora es la selva. Ha cambiado, ahora no hay nada en ella, nada tras que esconderse, nada donde refugiarse. El hombre se pone de pie. Agudiza los sentidos hasta el punto de escuchar sus propios órganos, funcionando temerosos. Maniobra la rama, ahora una lanza, formando un círculo implícito con los arcos que traza su punta.
La bestia no aparece. Su olor se pierde entre los vapores de helechos podridos. No hay nada que temer. Echa a reír. Carcajadas saltando a las alturas. Su lanza se ha convertido en un talismán, en el núcleo de su confianza, con ella nada puede herirlo, con ella, hasta las bestias se alejan y  la selva lo respeta. Es un hombre joven otra vez, es fuerte y puede valerse por si mismo.
Camina, apartando la vegetación. No hay criaturas que cazar, pero los frutos son abundantes, sus colores lo intoxican aún antes de probarlos, se sacia con la pulpa, con el néctar, con toda la dulzura de morder una cosa viva.
La pierna le duele. Se golpeó al caer, pero no le dio importancia. Conforme la tarde avanza, el dolor se expande. Al llegar la noche, al huir el calor, su músculo lo encadena al suelo con las punzadas intolerables de los nervios lastimados. Busca un árbol, los sonidos perdidos durante el día lo ensordecen ahora con la intensidad de sus amenazas, aferra la rama, es un ovillo entre raíces que despedazan el suelo, como manos de gigantes que fueran a lanzarlo contra la noche, porque la selva ya no es sino negrura interminable que aúlla, que llama, que grita, que devora.
La lluvia de la mañana lo encuentra insomne, los miembros engarrotados, los sentidos nublados, todas las edades de su vida lo han cruzado en terrores nocturnos y ahora es un viejo que no encuentra su lugar.
Se incorpora, apoyado en la rama. La pierna ya no lo sigue, es casi un tronco más, una cosa enraizada por conexiones intangibles a la selva. Todo late, todo vive y se entrelaza.
El hombre echa a andar. Despacio, como cuando daba sus primeros pasos, allá en Siberia, en un lugar que no es real, porque lo único que existe es lo que lo rodea, plantas, animales al acecho y el sol que asoma entre las nubes, para llenarlo todo con su luz sangrante.
Entonces siente el calor horrible, el vapor que asciende. Entonces siente a los insectos respirar y a la bestia arrastrarse a sus espaldas.
Voltea. Tras la hierba, pelo, garras, ojos de piedra, de sed, de un silencio trepidante.
Es hermosa.

El hombre yergue la espalda. Suelta la rama lanza.

Siente algo, como un terremoto, como un tornado, una marea sólida que lo derrumba, que le abre el pecho, le estrella el cráneo, le revienta los pulmones y le arranca los brazos, en medio del verde más intenso que jamás haya visto.
Zerocracia

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