Para Paola, porque cualquier cosa es poca
El sol revienta las copas de los árboles con una detonación verde, con el calor horrible, con la sangre luz que vierte a todos los rincones de un mundo que parece haberse convertido entero en selva.
El hombre se incorpora, es carne y sudor, confundido, inexplicado. A su alrededor la madera y la humedad se crecen para atraparlo, encerrarlo, olvidarlo, perderlo; dentro de su espantosa complejidad. Todo late, todo vive, todo se entrelaza sobre el suelo, por las ramas, entre las hojas. Él siente su potencia con sólo mirar la anchura de los troncos, con sólo escuchar la respiración unísona de un billón de insectos, que se arrastran por piedras invisibles, bajo tanta planta.
El hombre echa a andar. Cuando era pequeño, allá en Siberia, oír de la selva lo llenaba de terror irracional, aquella como oscuridad vegetal donde se podían ocultar todas las cosas, aunque el sol resplandeciera como no lo hubiera hecho jamás.
No escucha y no ve animales. La soledad el abandono lo vacía. No hay nadie más. No hay nada más. Es un desierto verde, es una tundra arbórea, él es la única criatura que lo recorre. Los únicos ojos que contemplan, los únicos oídos que perciben, son los suyos.
Entonces algo se mueve, imposiblemente cerca. El hombre sólo siente el cambio súbito en la disposición de las lianas, en la geometría de las hojas. La pesadilla miedo lo llena. Se queda quieto. Intenta ver hacia todas direcciones, sin mover la cabeza. Los músculos le duelen. El sudor le cuaja sobre la piel. Luego le llega el olor. Acre. Pelambre, orines, dientes, muerte.
Sus piernas no son suyas, son de la tierra, son del viento y del agua, no corren, brotan por los troncos, por las superficies ásperas de la madera, de las rocas, lo transportan en la duración de un latido, a través de las pulsaciones de la selva, hasta que llega a un árbol, hasta que trepa por él y se sumerge en su copa, el corazón a punto de reventarle, las venas a punto de asfixiarlo.
La bestia se mueve, abajo. El hombre sólo atisba manchones de pelo, negro, café, escucha gruñidos, aferra la rama con todo su pavor. Astillas se encajan en sus dedos, al apartar las hojas para ver mejor, las deja enrojecidas. Mira con todas sus fuerzas.
Ya
no
hay
nada
abajo.
Sólo la selva. Sólo la integración de partes enloquecedoras, de fragmentos vivos y muertos que se aparean para construir una totalidad hambrienta, imperceptible a pesar de estar ante su vista.
El hombre grita.
Esparce el sonido asqueroso que resulta de mezclar voz masculina con terror infantil. Lo expulsa de su ser, como una cascada, como un caudal que bajara del árbol, hasta sembrarse en los poros del suelo, en el calor de la hierba.
La selva escucha.
Pero no contesta.
El hombre es pequeño. Es, de nuevo, un niño, encogido ante la oscuridad, ante todo lo que no le es permitido saber. Prisionero por un muro fibroso, por una pared de aire y pájaros y serpientes y bestias que lo acechan, que lo huelen desde la infinidad, donde lo han esperado eternamente.
Busca algo que hundirle al muro, algo con que infligirle dolor a la carne, a toda esa inmensa masa tibia, trémula sobre la que yace. Una rama próxima, larga, delgada, sirve. Estira el brazo hacia ella, la sujeta, su otra mano cede.
Cae.
Despierta. Arriba el sol parece hundirse en las profundidades del cielo y entre más se aleja, más potente es su brillo, más desoladora es la selva. Ha cambiado, ahora no hay nada en ella, nada tras que esconderse, nada donde refugiarse. El hombre se pone de pie. Agudiza los sentidos hasta el punto de escuchar sus propios órganos, funcionando temerosos. Maniobra la rama, ahora una lanza, formando un círculo implícito con los arcos que traza su punta.
La bestia no aparece. Su olor se pierde entre los vapores de helechos podridos. No hay nada que temer. Echa a reír. Carcajadas saltando a las alturas. Su lanza se ha convertido en un talismán, en el núcleo de su confianza, con ella nada puede herirlo, con ella, hasta las bestias se alejan y la selva lo respeta. Es un hombre joven otra vez, es fuerte y puede valerse por si mismo.
Camina, apartando la vegetación. No hay criaturas que cazar, pero los frutos son abundantes, sus colores lo intoxican aún antes de probarlos, se sacia con la pulpa, con el néctar, con toda la dulzura de morder una cosa viva.
La pierna le duele. Se golpeó al caer, pero no le dio importancia. Conforme la tarde avanza, el dolor se expande. Al llegar la noche, al huir el calor, su músculo lo encadena al suelo con las punzadas intolerables de los nervios lastimados. Busca un árbol, los sonidos perdidos durante el día lo ensordecen ahora con la intensidad de sus amenazas, aferra la rama, es un ovillo entre raíces que despedazan el suelo, como manos de gigantes que fueran a lanzarlo contra la noche, porque la selva ya no es sino negrura interminable que aúlla, que llama, que grita, que devora.
La lluvia de la mañana lo encuentra insomne, los miembros engarrotados, los sentidos nublados, todas las edades de su vida lo han cruzado en terrores nocturnos y ahora es un viejo que no encuentra su lugar.
Se incorpora, apoyado en la rama. La pierna ya no lo sigue, es casi un tronco más, una cosa enraizada por conexiones intangibles a la selva. Todo late, todo vive y se entrelaza.
El hombre echa a andar. Despacio, como cuando daba sus primeros pasos, allá en Siberia, en un lugar que no es real, porque lo único que existe es lo que lo rodea, plantas, animales al acecho y el sol que asoma entre las nubes, para llenarlo todo con su luz sangrante.
Entonces siente el calor horrible, el vapor que asciende. Entonces siente a los insectos respirar y a la bestia arrastrarse a sus espaldas.
Voltea. Tras la hierba, pelo, garras, ojos de piedra, de sed, de un silencio trepidante.
Es hermosa.
El hombre yergue la espalda. Suelta la rama lanza.
Siente algo, como un terremoto, como un tornado, una marea sólida que lo derrumba, que le abre el pecho, le estrella el cráneo, le revienta los pulmones y le arranca los brazos, en medio del verde más intenso que jamás haya visto.
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