Los compadres
Es sobradamente conocido por los habitantes de localidades aledañas a la capital del estado, que aún en tiempos relativamente modernos, estos poblados fueron escenarios de ceremonias oscuras, cuyo objetivo era poner fuerzas sobrenaturales al servicio de quien las oficiaba. Muchos fueron los que se dijeron victimados por los sortilegios producidos con dichas artes, al efecto que aquellos individuos sospechosos de trabar pactos con entes ultramundanos eran objeto, por partes iguales, del odio y del temor de sus congéneres.
En uno de estos pueblos, llamado Tomas Urbina, habitaba una mujer con tal reputación, Su nombre era Amelia y durante el día manejaba un expendio de bebidas alcohólicas.
Una noche, como a las doce, Amelia escuchó tocar a su puerta. Estaba pasando el peine por su cabello, como hacia siempre, antes de ir a la cama. Hacía ya dos horas que había cerrado el expendio. Asumió que, al igual que otras veces, sería algún borracho trasnochado buscando la última cerveza; así que ignoró los dos primeros toquidos. Cuando el tercero retumbó, Amelia dejó el peine sobre el tocador y caminó hacia la puerta. Al llegar, aferró la tranca para acercar el oído a la madera, mientras preguntaba: "¿quién?"."Tu compadre, Elías. Traigo a Altagracia, te quiere pedir un trabajito".
Amelia suspiro, quitó la tranca, descorrió el cerrojo y jaló la puerta. Como empujados por la noche, Elías y Altagracia entraron a la sala. Amelia recargó la tranca contra una pared y cerró, mientras le decía a su compadre que arrimaran unas sillas a la mesa, donde ardía el único quinqué.
Elías agradeció la atención, pero la rechazó musitando algo sobre venir con prisa. Amelia se quedó de pie al lado de la mesa, con los brazos cruzados. Contempló a los dos hermanos, tan parecidos. Ambos eran como de un metro noventa, morenos, inmensos. De no ser por el cabello largo y los pechos, Altagracia hubiera podido pasar por el gemelo malencarado.
"Usted dirá, compadre, ¿cuál es el encargo?".
Elías juntó ambas manos por las puntas de los dedos, y las apuntó hacia abajo."Pos verá, comadre. Aquí Altragracia, pos tiene a su hija, ¿verdad? María Isela, mi sobrina. Y pos, ya está en edad de merecer, la niña. Y es un encanto, la criatura, no crea. Pero pos mi hermana no quiere que se case con un muerto de hambre, esos que aquí abundan. No, no, Altagracia ya tiene alguien apalabrado"."Entonces, ¿andan buscando un amarre, o algo pa' que le cuaje la determinación?"."La verda', 'ta más complicado..." Elías se le iba acercando, mientras hablaba, encorvado, como viendo al piso." El asunto es que este hombre...pos este hombre es Gonzalo, comadre."
Amelia no vio venir el puño. Nomás sintió que el piso le cambiaba y de repente, nada estaba como debía estar. Quiso gritar, pero la rodilla de Elías le cayó en el pecho, una tromba robándole aire. Amelia se rodó para quedar boca abajo, buscando levantarse, buscando respirar, otra vez la rodilla, ahora sobre el riñón izquierdo. El peso de Elías le quedó encima. Amelia soltó un sollozo. Manos grandes, manos negras y enormes le sujetaron la mandíbula para alzarle la cara. Altagracia estaba frente a ella, sujetando la tranca."¡Eres una puta, Amelia!". El golpe le cayó sobre el cuello, por que alcanzó a quitar el rostro. Sintió los músculos machacados encenderse, un incendio de dolor. Elías se quitó, dándole espacio para aferrar una silla e incorporarse. "¡Eres una puta!" La tranca azotó en su hombro derecho, derribándola sobre la mesa."¿Querías lo ajeno, perra?" Amelia se giró para interponer los brazos. Sintió el hueso en su muñeca astillarse. Elías la agarró del cabello, para hacerla tomar impulso y lanzarla contra la pared. Amelia quiso detenerse con la mano rota y aulló con el choque de los cartílagos deshechos en el adobe. Altagracia le estrelló la boca contra la pared dos veces. Amelia escupió sangre y pedazos de diente. Intento correr hacia la puerta. Elías alcanzó a sujetarla, Altagracia descargó otro golpe, Amelia cayó, uno de sus ojos, reventando en su órbita, se le escurría por la mejilla. Hizo un esfuerzo más para alzarse. La tranca impactó tres veces, justo en su coronilla, haciendo ruidos sordos, crujidos demasiado cortos. Elías le dio una patada en el costado, para voltearla. Amelia ya no lloraba. Se llevó la mano a la cabeza. Sus dedos se anegaron de sangre entre sus cabellos, palpando los bordes rasposos de la fractura, la masa suave de su cerebro. Ante el siguiente golpe, la mitad izquierda de su cara se venció. Todavía siguió exhalando, por la pulpa informe que había sido su boca, hasta que Altragracia le aplastó el pecho.
Cuando, eventualmente, se descubrió el cadáver de Amelia, entre las paredes ensangrentadas de su sala, la policía judicial arribó desde Durango para conducir las investigaciones. Arrestaron a los clientes usuales del expendio. Enterraron en arena caliente, de la cintura para abajo, a aquellos con antecedentes penales. Varios nunca volvieron a caminar bien, pero ninguno admitió el homicidio. Tres semanas después, una banda de abijeos quemó a una pareja de ancianos, al robarles el ganado de su rancho. Cuando la judicial los capturó, milagrosamente, como era la costumbre, descubrieron que también ellos habían destrozado a la pobre Amelia.
Tal vez fuera justicia poética, o tal vez fuera tanta ponzoña que se guardaba Altagracia, lo que le carcomió el estómago. Pero aún cuando Elías se quebró y contó el crimen décadas después, a un anciano en su pórtico, aún cuando los dolores del cáncer le hervían las entrañas y la podredumbre la devoraba pedazo a pedazo, Altagracia jamás confesó.
De cualquier manera, María Isela nunca se casó con Gonzalo.