Soy la sombra de la mañana, entrando a mi novia, soy la marea, el océano contra sus piernas, la tormenta en su sexo, somos un huracán que nos devora, un animal que nos rompe.
Caemos
desde
la cama,
envueltos
en las
sabanas.
Nos
arrastramos
por el piso,
mordiéndonos,
hasta
arrancarnos
la piel.
Luego bebemos vodka.
Después de darle el trago, volteo la botella sobre su espalda. Ella ríe. El alcohol le corre, tras él va mi lengua, soy Dios en su carne, soy la cosa más poderosa del mundo, entre sus brazos. Me hundo hacia la locura, hacia sus uñas que revientan mi pecho, sus dientes que atrapan mi fuerza.
Contemplo las líneas.
Blancas, sobre la mesa.
Enrollo el billete, lento.
Las aspiro tan rápido que los ojos me lloran y el cerebro se me enciende con las luces multicolores de toda la droga que me pude retacar por la nariz. Salgo del cuarto mientras ella duerme, nunca he podido resistir que me mire con ojos somnolientos cuando voy a trabajar, porque siempre acabo volviendo a la cama. Salgo del edificio, mientras la gente del centro apenas echa el agua para barrer los frentes de sus tiendas. La ciudad se siente floja hoy, como si nada hubiera pasado anoche, como si los demonios no hubieran descendido para robarse a los niños, como si no hubieran asesinado a nadie, en una apocalíptica matanza, de la cual yo sólo soy el tiro final.
Dos cuadras, doblo a la izquierda, tres cuadras, aprieto el paso, rodeo el parque donde corren gente y perros, al lado está la funeraria, con una patrulla enfrente. Diviso a Marcial cruzar desde la otra esquina, su camisa negra, sus tenis blancos, es un pendejo para las combinaciones. Me recargo contra la pared, el corazón me estremece entero, como si quisiera avanzar solo, ahora que ya no me muevo. Volteo, el Kilo viene desde los árboles, usando esos pantalones se confunde perfecto con los que están haciendo ejercicio, esa es nuestra arma, más que la pistola, más que cualquier cantidad de balas, somos invisibles, somos rápidos, somos la muerte en un segundo.
Marcial pasa frente al local, sigue hacia mí, va abriendo la zancada en cada paso, llega a donde estoy, empieza a trotar, en quince palabras me dice todo lo que necesito, parto, él gira, le hace una seña al Kilo, éste sale de los árboles. Yo empiezo a contar.
Uno.
Soy sangre. El Kilo está junto a la patrulla.
Dos.
Soy acero. El Kilo saca la pistola.
Tres.
Soy viento. El Kilo le dispara al policía.
Doy vuelta para entrar, la multitud de dolientes se queda pasmada en el instante congelado del disparo, me abro camino porque sólo yo sé que está pasando, por un singular y preciso momento, sólo yo puedo moverme. Empujo a una anciana, apoyo la mano derecha en la cabeza de un niño, con la izquierda levanto el arma, miro al hombre, sentado junto al cadáver de su hermano, soy el futuro llegando, el hombre me ve a mí, intenta huir, soy el sol subiendo al cielo, cae al piso, le disparo, la bala deshace su nuca, soy Jehová el primer día del universo.
Marcial está ya en la reja, a través de ella le da a un guardaespaldas.
Corro.
Intentan detenerme, todas las manos se quedan cortas, soy un fantasma, subo por la esquina entre la pared y la reja, salto, soy un misil en descenso. Ruedo sobre la banqueta.
Soy libre.
Marcial me pone en pie con la fuerza de un jalón, corremos, el Kilo se lanza en dirección contraria, vamos hacia esquinas opuestas para perdernos en las entrañas de una ciudad que sólo nos pertenece a nosotros.
Escucho disparos atrás.
Volteo.
Primero veo la patrulla, después a los policías que salen Dios sabe de dónde, por último al Kilo, el arma desenfundada, las piernas tensas, como si fuera a brincarles encima, un tiro, supongo de escopeta, retumba y casi lo parte a la mitad.
Cae, envuelto por el rojo de sus propias entrañas.
Atravesamos el parque, somos antílopes huyendo, emboscados, intentamos hallar la ruta donde no estén los cazadores. Salimos a la calle, pasamos sobre el cofre de los autos que frenan de súbito, somos una estampida.
Las patrullas vienen cerrándonos la ventaja, debemos alcanzar una azotea. Doblamos rumbo a la casa que sabemos está derruida, una patrulla finalmente nos cierra el paso, Marcial les vacía el cargador a los dos policías que intentan bajarse, me sorprende la manera en que sus cuerpos se desploman. Marcial se frena un momento. Toma un rifle, me lanza otro, ya no es momento de pistolas. La casa, la escalera a nuestro escape, está enfrente, retomo la carrera, escucho más tiros, soy invulnerable, corriendo nada me puede herir. Un golpe, algo pesado impactando el suelo, brinco por la ventana sin vidrio, giro para quedar arrodillado, Marcial no viene conmigo, gateo, las balas zumban, atravesando el muro de adobe. Me asomo.
Marcial está tirado, a metros de mí. Su pierna izquierda, con el hueso asomando, yace en un ángulo equivocado. Marcial me mira, sé lo que piensa, contempla la posibilidad de arrastrarse hasta la casa, las patrullas y los policías avanzan sobre la calle, sus tiros se van cerrando, cada vez más certeros.
Nosotros nunca nos arrastramos.
Marcial voltea para encararlos, abre fuego, grita, yo no puedo seguir viendo, me recargo contra la pared, mientras lo escucho morir. No sé cuantos policías hay, no sé cuales son mis posibilidades y cuales mis alternativas. No sé hacer más que correr y matar.
Le quito el automático al rifle.
Respiro.
No me esperan.
Me lanzo con un giro afuera.
No los cuento, sólo calculo posiciones.
Disparo.
Cada tiro mío es preciso.
Me muevo hacia todos los sentidos
No me pueden apuntar.
No me pueden ver.
No me pueden evadir.
No pueden ganar.
Las balas son lentas.
Los policías son lentos.
Soy rápido.
Soy rápido.
Soy la velocidad y ellos están muertos.
El gatillo suena sin disparar, el cargador está vacío. Ya no hay nadie más en la calle. Arrojo el rifle. Veo muchos cuerpos, más de los que jamás he contemplado juntos. Marcial me observa, desde la lejanía de su cadáver. Saco mi pistola. Quiero estar seguro.
La pistola
cae
al suelo.
Mis manos están pálidas. Miro mi camisa. Hay manchas rojas, van creciendo demasiado rápido, el aire se termina, mis piernas fallan, caigo. Voy perdiendo las sensaciones, no pienso mucho, sólo miro, a lo lejos más patrullas llegan.
No podía terminar de otra manera.
Jorge Nájera
Caemos
desde
la cama,
envueltos
en las
sabanas.
Nos
arrastramos
por el piso,
mordiéndonos,
hasta
arrancarnos
la piel.
Luego bebemos vodka.
Después de darle el trago, volteo la botella sobre su espalda. Ella ríe. El alcohol le corre, tras él va mi lengua, soy Dios en su carne, soy la cosa más poderosa del mundo, entre sus brazos. Me hundo hacia la locura, hacia sus uñas que revientan mi pecho, sus dientes que atrapan mi fuerza.
Contemplo las líneas.
Blancas, sobre la mesa.
Enrollo el billete, lento.
Las aspiro tan rápido que los ojos me lloran y el cerebro se me enciende con las luces multicolores de toda la droga que me pude retacar por la nariz. Salgo del cuarto mientras ella duerme, nunca he podido resistir que me mire con ojos somnolientos cuando voy a trabajar, porque siempre acabo volviendo a la cama. Salgo del edificio, mientras la gente del centro apenas echa el agua para barrer los frentes de sus tiendas. La ciudad se siente floja hoy, como si nada hubiera pasado anoche, como si los demonios no hubieran descendido para robarse a los niños, como si no hubieran asesinado a nadie, en una apocalíptica matanza, de la cual yo sólo soy el tiro final.
Dos cuadras, doblo a la izquierda, tres cuadras, aprieto el paso, rodeo el parque donde corren gente y perros, al lado está la funeraria, con una patrulla enfrente. Diviso a Marcial cruzar desde la otra esquina, su camisa negra, sus tenis blancos, es un pendejo para las combinaciones. Me recargo contra la pared, el corazón me estremece entero, como si quisiera avanzar solo, ahora que ya no me muevo. Volteo, el Kilo viene desde los árboles, usando esos pantalones se confunde perfecto con los que están haciendo ejercicio, esa es nuestra arma, más que la pistola, más que cualquier cantidad de balas, somos invisibles, somos rápidos, somos la muerte en un segundo.
Marcial pasa frente al local, sigue hacia mí, va abriendo la zancada en cada paso, llega a donde estoy, empieza a trotar, en quince palabras me dice todo lo que necesito, parto, él gira, le hace una seña al Kilo, éste sale de los árboles. Yo empiezo a contar.
Uno.
Soy sangre. El Kilo está junto a la patrulla.
Dos.
Soy acero. El Kilo saca la pistola.
Tres.
Soy viento. El Kilo le dispara al policía.
Doy vuelta para entrar, la multitud de dolientes se queda pasmada en el instante congelado del disparo, me abro camino porque sólo yo sé que está pasando, por un singular y preciso momento, sólo yo puedo moverme. Empujo a una anciana, apoyo la mano derecha en la cabeza de un niño, con la izquierda levanto el arma, miro al hombre, sentado junto al cadáver de su hermano, soy el futuro llegando, el hombre me ve a mí, intenta huir, soy el sol subiendo al cielo, cae al piso, le disparo, la bala deshace su nuca, soy Jehová el primer día del universo.
Marcial está ya en la reja, a través de ella le da a un guardaespaldas.
Corro.
Intentan detenerme, todas las manos se quedan cortas, soy un fantasma, subo por la esquina entre la pared y la reja, salto, soy un misil en descenso. Ruedo sobre la banqueta.
Soy libre.
Marcial me pone en pie con la fuerza de un jalón, corremos, el Kilo se lanza en dirección contraria, vamos hacia esquinas opuestas para perdernos en las entrañas de una ciudad que sólo nos pertenece a nosotros.
Escucho disparos atrás.
Volteo.
Primero veo la patrulla, después a los policías que salen Dios sabe de dónde, por último al Kilo, el arma desenfundada, las piernas tensas, como si fuera a brincarles encima, un tiro, supongo de escopeta, retumba y casi lo parte a la mitad.
Cae, envuelto por el rojo de sus propias entrañas.
Atravesamos el parque, somos antílopes huyendo, emboscados, intentamos hallar la ruta donde no estén los cazadores. Salimos a la calle, pasamos sobre el cofre de los autos que frenan de súbito, somos una estampida.
Las patrullas vienen cerrándonos la ventaja, debemos alcanzar una azotea. Doblamos rumbo a la casa que sabemos está derruida, una patrulla finalmente nos cierra el paso, Marcial les vacía el cargador a los dos policías que intentan bajarse, me sorprende la manera en que sus cuerpos se desploman. Marcial se frena un momento. Toma un rifle, me lanza otro, ya no es momento de pistolas. La casa, la escalera a nuestro escape, está enfrente, retomo la carrera, escucho más tiros, soy invulnerable, corriendo nada me puede herir. Un golpe, algo pesado impactando el suelo, brinco por la ventana sin vidrio, giro para quedar arrodillado, Marcial no viene conmigo, gateo, las balas zumban, atravesando el muro de adobe. Me asomo.
Marcial está tirado, a metros de mí. Su pierna izquierda, con el hueso asomando, yace en un ángulo equivocado. Marcial me mira, sé lo que piensa, contempla la posibilidad de arrastrarse hasta la casa, las patrullas y los policías avanzan sobre la calle, sus tiros se van cerrando, cada vez más certeros.
Nosotros nunca nos arrastramos.
Marcial voltea para encararlos, abre fuego, grita, yo no puedo seguir viendo, me recargo contra la pared, mientras lo escucho morir. No sé cuantos policías hay, no sé cuales son mis posibilidades y cuales mis alternativas. No sé hacer más que correr y matar.
Le quito el automático al rifle.
Respiro.
No me esperan.
Me lanzo con un giro afuera.
No los cuento, sólo calculo posiciones.
Disparo.
Cada tiro mío es preciso.
Me muevo hacia todos los sentidos
No me pueden apuntar.
No me pueden ver.
No me pueden evadir.
No pueden ganar.
Las balas son lentas.
Los policías son lentos.
Soy rápido.
Soy rápido.
Soy la velocidad y ellos están muertos.
El gatillo suena sin disparar, el cargador está vacío. Ya no hay nadie más en la calle. Arrojo el rifle. Veo muchos cuerpos, más de los que jamás he contemplado juntos. Marcial me observa, desde la lejanía de su cadáver. Saco mi pistola. Quiero estar seguro.
La pistola
cae
al suelo.
Mis manos están pálidas. Miro mi camisa. Hay manchas rojas, van creciendo demasiado rápido, el aire se termina, mis piernas fallan, caigo. Voy perdiendo las sensaciones, no pienso mucho, sólo miro, a lo lejos más patrullas llegan.
No podía terminar de otra manera.
Jorge Nájera
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